EN MEMORIA DEL Dr KEITH FLANAGAN, Por el Dr Max MILLIEN

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Keith Flanagan

Estaba volviendo de una misión en el norte de Haití cuando sonó mi teléfono para anunciarme la triste noticia de la muerte de Keith. Me quedé algún momento sin voz, aturdido y sin querer creer lo que me decían. Yo sabía por uno de sus cercanos que él sufría algún malestar desde hacía dos días pero jamás iba a pensar en este desenlace fatal ya que el hombre me parecía tan vigoroso, lleno de vitalidad y energía. Por mi silencio, mi interlocutor comprendió que yo estaba abatido por la noticia y puso rápidamente fin a la conversación. Y lágrimas empezaron a brotar en mis mejillas. Afortunadamente, yo no iba solo en el vehículo. El chófer, con tacto e inteligencia, se esforzó en hacerme el resto del viaje lo más apacible posible.

Me encerré en un mutismo porque no tenía ganas de conversar. Los recuerdos de Keith desfilaban en mi cabeza a toda velocidad y terminaban ocupando mi mente por completo. Toda su vida, la que tuve la suerte y la alegría de conocer paso ante mis ojos. Una vida caracterizada por grandes cualidades humanas, morales y profesionales. Una vida hecha de generosidad, humildad, altruismo y caridad. Una vida sencilla que le hacía sentirse cómodo con gente de cualquier condición social pero en particular con los más desfavorecidos.

A Keith le apasionaba ayudar a los demás teniendo él sólidos conocimientos no sólo en la profesión veterinaria sino también en otros campos: la mecánica, la electricidad y la fontanería. Por eso, siempre le procuraba placer hacerse disponible para ayudar a todos y todas los que estaban frente a un problema dado (colegas, campesinos, ganadores, obreros y demás). Su fe cristiana  iba a orientarle hacia las clases más desfavorecidas como la de los huérfanos a quienes procuraba consuelo y apoyo material contando con la ayuda de su esposa.

Yo no tuve la oportunidad de conocer a Keith al principio de su llegada al país, 26 años atrás cuando vino a trabajar en el hospital Albert Schweitzer de Deschapelles en el Valle del Artibonito. Nuestro primer encuentro fue en el año 1998 cuando él vino a visitarme, siendo director de la Dirección de Salud animal y con el fin de sentar las bases de una cooperación con el Ministerio de Agricultura.

Desde aquel entonces, continuaron los contactos hasta fortalecerse a partir del año 2003 cuando él fue nombrado codirector y yo, director del Programa de Vigilancia y Erradicación de la Peste Porcina Clásica, financiado por USDA/APHIS y gestionado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

A partir de allí se desarrolló entre nosotros una colaboración leal que pronto iba a ir más allá del marco de las relaciones profesionales para volverse amistosas y fraternales, lo que permitió al Proyecto alcanzar buenos resultados que desgraciadamente se vieron comprometidos por la introducción de la Encefalomielitis porcina por Teschovirus en febrero del 2009. Una vez más, Keith fue una pieza clave tanto para Haití como para la República Dominicana en la lucha contra esta nueva enfermedad porque él era el vínculo con USDA/APHIS que proveía a los dos países una asistencia técnica apreciable.

El 3 de abril pasado, el país perdió a uno de sus hijos adoptivos entre los más valerosos y meritorios. Y yo, a un amigo y hermano.

Que su alma, en paz, descanse.

 

Por Dr. Max Millien, Jefe de servicios veterinarios, Haiti

 

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